Admito que la primera vez que lo visité por mi propia cuenta juraba que la 20 de octubre comenzaba desde la residencia presidencial, y su paralela era la Arce, pero como reza la escritura “Ahí está la sal de la vida”, con el tiempo me di cuenta de mi falla personalmente.
Ese día montado en mi Mabic Cycle, despidiéndome de San Miguel, cruzando los obrajes, saludando luego a Lourdes y Confucio, me encontré con San Jorge, como cual novato peregrino después de su larga pero provechosa vía crucis se encuentra al fin en los brazos de Santiago, algo así un sábado por la tarde me aventuré por si solo para visitar el antiguo barrio residencial de La Paz.
Así desde mis días de crio me he sentido hasta la fecha, maravillado por la acogida que ofrece este distinguido barrio.
Primeramente me encandilaban sus altos edificios con sus colores variados, múltiples formas, ventanas vestidas de diverso cortinaje, y su envidiable presencia con esas largas sombras que opacan a cualquier tienda de barrio y parecieran saludar al lejano Illimani.
Estructuras que conviven con antiguas pero conservadas casonas e iglesias de siglos pasados, cual si fueran familia de padres, tíos de sotana, viejitos pero acogedores, que conviven con desafiantes hijos que ostentan a los cuatro vientos sus modernas ropas y singulares capacidades.
Tales como el Orión, enorme coloso de amplia eslora que da la bienvenida a los que arriban del Túnel Amerinst; el Monoblock, edificio que pareciera homenajear al estudio y trabajo, motores del progreso de naciones, con ese tamaño que tiene; La Torre de las Américas, quien prestó su nombre al puente que comunica con Miraflores, Illimani, joven y esbelto edificio que copia nombre y colores del gran monte paceño; y Santa Isabel, blanca y sublime edificación que tiene honra semejanza con la reina que dio el visto bueno al viajero que abrió las puertas hacia el nuevo mundo.
Desde que supe de su existencia me llenó de mucha curiosidad. – ¡Cómo!, ¿un cerro en medio de estas calles tan cerradas y edificios tan altos?, pues desde ese día pasaron varios años para que un día luego de clases, me animara a buscarlo, primero por la calle Aspiazu, para seguir por la Ecuador.

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